Coetzee, l’escriptor de la sorpresa

Per acompanyar la lectura us oferim dos textos. Una entrevista de Jon Carlin publicada a El País el 2002 també i la traducció castellana del discurs de J. M. Coetzee en rebre el premi Nobel l’any 2003. Un text sota l’altre-

a) Entrevista

“Don Quijote’ es la novela más importante de todos los tiempos. Contiene infinitas lecciones”

JOHN CARLIN 30/11/2002

Ésta es la entrevista posible al autor surafricano John M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940). El prestigioso escritor respondió a las preguntas del periodista de El País, incluyendo respuestas ya dadas a otros medios, para así ser fiel a su discurso palabra a palabra. El autor de libros como Desgracia, con el que obtuvo su segundo Booker Prize, es uno de los escritores más lúcidos, críticos y desconcertantes del actual panorama literario mundial. Acaba de publicar en España dos obras: La edad de hierro y Juventud.

J M. Coetzee es uno de esos genios que padecen el síndrome de Greta Garbo. Desea que se le quiera por su arte, pero sólo por su arte. Él prefiere mantenerse apartado del mundo. Es un ermitaño tan terco que hace dos años, cuando obtuvo por segunda vez el mayor galardón literario del Reino Unido, el Premio Booker, por su novela Desgracia, no se molestó en ir a recogerlo en persona. Nadie había ganado jamás dicho premio en dos ocasiones, pero él envió a su agente.

Ahora se publican en español dos nuevos libros suyos, Juventud (su obra más reciente) y La edad de hierro, que escribió hace 13 años, durante los últimos días del apartheid. Parecía lógico -no probable, pero lógico- que el surafricano, que en la actualidad divide su tiempo entre Estados Unidos y Australia, pudiera estar interesado en promover un poco su obra en el mercado de lengua castellana y, tal vez, que quisiera conceder una entrevista a EL PAÍS. Aun así, me sorprendió que respondiera, y enseguida, a un primer correo electrónico que le envié de forma tentativa y que él recibió en algún lugar de Estados Unidos. “Gracias por su ofrecimiento de una entrevista, pero no hago entrevistas en persona”, escribió Coetzee (pronúnciese “Cutsía”). “Por correo electrónico es otra cosa, siempre que no me quite mucho tiempo”.

La respuesta era más prometedora de lo que se podía esperar dada la reputación que tiene el autor de Esperando a los bárbaros, incluso entre quienes le conocen bien, de ser distante, susceptible y desagradable. Era nada menos que una invitación a que le enviara unas preguntas; y eso significaba, seguramente, que estaba dispuesto a considerar la idea de responder, al menos a un par de ellas.

Le envié lo siguiente: “Me pide (cosa perfectamente razonable) que no le quite demasiado tiempo. Lo que voy a hacer es enviarle varias preguntas y dejar que usted decida si quiere contestarlas, y cuáles. Son éstas:

- ‘Desconcertante’ es una palabra que se usa con frecuencia para calificar su obra. Nadine Gordimer habla de que su visión llega al ‘centro neurálgico del ser’. Mario Vargas Llosa dijo que Desgracia era ‘estremecedora’. ¿De dónde obtiene usted esa lacerante lucidez?

- ¿Qué autores han influido más en su trabajo? ¿Ha leído a muchos autores de lengua española? ¿Quién le gusta y por qué (explicado brevemente, por supuesto)?

- La fuerza de su escritura nace, en gran parte, de su situación de hombre blanco en África y afrikáner progresista durante el apartheid; ¿escribir le ha servido para liberarse de las garras de esas contradicciones?

- En La edad de hierro, tal vez su libro más explícitamente político, habla sobre los gobernantes afrikáner del país: ‘… la humillación de la vida que vivimos bajo su mando… como si nos arrodilláramos y nos orinaran encima’. ¿Acaso los surafricanos blancos están condenados a vivir perseguidos por los horrores hechos en su nombre, o es posible la redención?

- Al reflexionar hoy, después del apartheid, sobre La edad de hierro, escrita en aquella época, ¿qué siente? ¿Orgullo por la aportación política que hizo? ¿Todavía piensa sobre aquellos días y recuerda con la misma repugnancia a los dirigentes del volk, con sus ‘corazones tan pesados como una morcilla’?

- Su estilo como novelista parece emanar directamente del paisaje surafricano, ‘un lugar de luz rotunda e implacable’ (La edad de hierro) ¿Está de acuerdo?

- ¿Juventud es una novela o una biografía?

- El protagonista de Juventud cita el exilio de Ezra Pound y, de paso, insiste en que la infelicidad es indispensable para el arte. ¿Es ésa su opinión? ¿O tal vez la infelicidad no engendra más que un arte infeliz?

Al aspirante a escribir Juventud le cuesta terriblemente llenar una hoja de papel. ¿Le sigue resultando difícil la escritura? ¿Tan difícil como antes?

- ‘Los artistas nunca pueden estar totalmente presentes ante el mundo: siempre deben tener un ojo puesto en su interior’, escribe usted en Juventud. ¿Es así? ¿Es eso lo que necesita hacer para adquirir la visión neurálgica de la que habla Gordimer? ¿Es ésa la razón de que viva tan recluido y ni siquiera dé a conocer su nombre de pila al mundo?

- ¿Ha dejado atrás Suráfrica, como intenta hacer el protagonista de Juventud? ¿Puede dejarla atrás? ¿Quiere hacerlo? ¿O será siempre la fuerza motriz de su trabajo?”.

He aquí la respuesta que recibí de Coetzee:

“Estimado señor Carlin: gracias por sus preguntas. Da la impresión de que no le ha gustado mucho Juventud, y es una lástima. Me he tomado la libertad de responder a su pregunta sobre la literatura española y después adjuntar respuestas que he dado recientemente a otros entrevistadores, que, entre otras cosas, le darán una idea de mi punto de vista sobre Juventud. Confío en que sea material suficiente para escribir su historia. Sinceramente, John Coetzee.

 

Notas para John Carlin, EL PAÍS, noviembre de 2002.

Literatura española

He leído Don Quijote, la novela más importante de todos los tiempos, una y otra vez, como debe hacer todo novelista serio, porque contiene infinitas lecciones. En cuanto a la novela española contemporánea, Javier Marías es el único autor cuya obra conozco bien, uno de los mejores novelistas europeos de hoy, en mi opinión, y con una técnica magnífica.

Conozco mejor la literatura latinoamericana que la de la península Ibérica y, en Latinoamérica, la poesía mejor que la ficción. Cuando era mucho más joven, Pablo Neruda era uno de mis ídolos.

Primera entrevista

1. En Juventud se advierte la importancia de las palabras como medio de adquirir cierta distancia de lo que llamamos realidad -que puede ser especialmente decepcionante para una persona joven- y el mundo tal como lo imaginamos.

RESPUESTA. Los jóvenes, sobre todo si son imaginativos, crean mundos propios, construidos en gran medida a partir de sus lecturas (tal vez hablo de un mundo que ya pertenece al pasado). Más adelante, a medida que la intensidad de su imaginación va disminuyendo, casi todos se acomodan a la realidad, y eso puede suponer traicionar a la imaginación. Algunos, los más obstinados, mantienen la fe en la imaginación durante más tiempo.

2. En las primeras páginas de Juventud aparece la frase ‘las cosas rara vez son lo que parecen’: ¿quiere eso decir que también una autobiografía es ‘una ficción entre muchas posibles’, aunque se refiera a una persona ‘auténtica’?

R. En la autobiografía, parte de la historia que se nos cuenta la podemos comprobar en relación con el mundo exterior, pero la mayoría es privada e imposible de verificar. El que nos creamos la historia o no depende, en gran medida, de la fe que tengamos en la veracidad del narrador. Que, a su vez, depende de unas cualidades intangibles de su escritura: ¿’Parece’ veraz? Los autores de ficción pueden esforzarse en crear la impresión de veracidad. El mejor ejemplo que conozco es Robinson Crusoe; el libro resulta tan auténtico que, a lo largo del tiempo, muchos lectores han creído que era una historia real, escrita por un hombre llamado Robinson Crusoe.

3. El personaje principal de Juventud, ‘él’, parece preparar su propia infelicidad (‘La gente feliz no es interesante’) porque tiene presente una especie de ‘modelo’ de lo que debe ser un artista, sobre todo en relación con el amor (‘El arte no puede alimentarse sólo de privaciones, añoranzas y soledad. Debe haber también intimidad, pasión y amor’).

R. Lo que necesita hacer es dejar de postergar las cosas y ponerse a escribir. Si consigue escribir, el arte, o su compromiso con una vida artística, dejarán de parecerle una cárcel. Si no trabaja y nunca promete escribir, tal vez debería abandonar ese compromiso.

4. También es bastante ingenua su actitud respecto a los lugares: escoge Londres, sobre todo, por motivos ‘literarios’, pero tarda cierto tiempo en comprender que sigue siendo un extraño. Y lo mismo ocurre con Suráfrica, que le parece un entorno opresivo sólo mucho después de haberse ido. ¿Es el egocentrismo de una persona joven lo que le hace tener una ‘actitud no política’ -él mismo la define así- respecto a la realidad?

R. Quizá. Por otro lado, es posible sencillamente que algunas personas, por su carácter, no tengan interés en la política. La política exige concesiones entre el idealismo y el pragmatismo que a algunas personas les pueden parecer poco atractivas e incluso repugnantes.

Segunda entrevista

1. ¿Cuáles son mis impresiones de Australia? Desde el principio sentí, de una forma difícil de explicar, una enorme atracción hacia la tierra y el paisaje. Yo procedo de África, donde la tierra suele tener un poder semejante sobre las personas, misterioso y empequeñecedor. Lo curioso es que también he vivido muchos años en Norteamérica, en todos sus rincones, pero su paisaje nunca me ha surtido un efecto comparable.

Lo segundo que debo decir es que siempre me ha impresionado el igualitarismo australiano, la forma que tienen los australianos de relacionarse entre sí, espontáneamente, creo, como iguales. Se podría decir que cualquiera procedente de Suráfrica, con sus inmensas divisiones sociales y raciales, tendría esa reacción. Pero, en mi experiencia, el igualitarismo en Australia es sui géneris. Desde luego, es consecuencia de una historia social concreta. Pero me parece admirable, en cualquier caso.

2. No estoy seguro de lo que dejo atrás. Mejor dicho, supongo que lo averiguaré sólo cuando pueda mirar atrás. ¿Qué echaré de menos? Vivir en una sociedad muy políglota, tal vez: ir por la calle y oír muchas lenguas distintas. Y echaré de menos la Universidad de Ciudad del Cabo, de la que me jubilo dentro de unos meses. No como institución, sino como un entorno en el que es posible tener una relación totalmente natural con jóvenes guapos, felices y seguros de sí mismos, de todas las razas y procedencias, con el mundo a sus pies. Es un privilegio que no todos los viejos tienen.

3. Una de las cosas que la gente no suele comprender de los escritores -los escritores serios, por lo menos- es que uno no empieza por tener algo de lo que escribir y entonces escribe sobre ello. Es el proceso de escribir propiamente dicho el que permite al autor descubrir lo que quiere decir.

4. Pregunta usted por qué soy popular. ¿De verdad soy popular? Si lo soy, es algo muy reciente. Recibo cartas de desconocidos -y, por supuesto, es un placer recibirlas- que me dicen que han leído libros míos y les han gustado; Esperando a los bárbaros, por ejemplo. Lo que es curioso es que no me enviaban esas cartas hace 20 años, cuando se publicó el libro. ¿Por qué no? No sé. Quizá hay libros que, en otro tiempo, no eran muy accesibles y ahora sí lo son. ¿Un cambio de gustos?

Tercera entrevista

Las novelas nacen de forma bastante misteriosa. Nunca he encontrado un buen motivo para tener curiosidad por su origen. Desde luego, yo no escribo ‘sobre’ cosas. En cuanto al elemento personal, no entiendo cómo la escritura de ficción puede no ser personal en cierto sentido, dado que surge totalmente de la cabeza (y el corazón) del autor. No creo que mis textos sean especialmente políticos (puedo estar equivocado). Mi gente vive en medio de la historia, sencillamente.

Cuarta entrevista

1. Es evidente que le interesa V. S. Naipaul: hizo una reseña de Half a Life para The New York Review of Books en 2001. Como usted, Naipaul vino de las provincias para establecerse en Inglaterra, pero a él parece haberle resultado más fácil la adaptación. ¿Alguna vez piensa que Naipaul y usted son figuras comparables? ¿Que comparten más cosas que su situación en general, el haber venido de colonias remotas del Imperio Británico para encontrar su voz y situarse en el mundo?

R. Es un error frecuente, si me permite que lo diga, pensar que a los escritores les interesan, sobre todo, otros escritores parecidos a ellos, o incluso que les interesan sus contemporáneos. Mi interés por Naipaul no es demasiado grande, y estoy seguro de que lo mismo le pasa a él conmigo. En cuanto a Inglaterra, sólo viví allí unos años y nunca he pensado en volver, mientras que Naipaul decidió establecerse. Asentarse, que es una palabra cargada de significado en la política poscolonial; el asentamiento y la adaptación de Naipaul a la madre patria (Sir Vidia Naipaul y todo eso) es un acto de cuyo peso histórico es plenamente consciente.

2. En Desgracia, el ataque a la granja parece ser ad hoc, independiente. En el vecino Zimbabue, desde el pasado mes de agosto, los granjeros blancos tienen órdenes de evacuar sus propiedades. ¿Es concebible que puedan producirse en Suráfrica desahucios generalizados y patrocinados por el Gobierno, al estilo de los de Zimbabue?

R. Es concebible, pero poco probable. La propiedad de la tierra es una cuestión emocional, tan emocional en Suráfrica como en Zimbabue; pero en los círculos del Gobierno surafricano no existe nada semejante al desprecio por el imperio de la ley que predomina en el Zimbabue de Mugabe”.

B) Discurso dado durante el banquete:

“El otro día, de pronto, mientras estaba hablando sobre algo completamente diferente, mi compañera Dorothy pronunció algo como “Por otro lado, ¡qué orgullosa habría estado tu madre! ¡Qué lastima que no viva todavía! ¡Y tu padre también! ¡Qué orgullosos habrían estado de ti!”

 
―¿Aún más orgullosos que mi hijo el doctor?”, dije. “¿Aún más orgullosos que mi hijo el profesor?”
―Aún más orgullosos”.
―Si mi madre todavía viviese, continué, ella habría tenido 99 años y medio y, probablemente habría tenido demencia senil. No habría sabido qué está pasando a su alrededor”.
 
 
Pero, claro, yo no capté la idea. Dorothy tenía razón. Mi madre habría estado explotando de orgullo. “Mi hijo el ganador del Premio Nobel”. ¿Y por quién, de todas maneras, hacemos las cosas que llevan al Premio Nobel sino por nuestras madres?
 
 
―¡Mami, mami, gané el premio!”
―Maravilloso, mi amor. Ahora come tus zanahorias antes de que se te enfríen.
 
 
¿Por qué nuestras madres deben tener 99 y estar bajo tierra antes que nosotros podamos llegar corriendo a casa con el premio que compensará todos los problemas que les hemos causado? 
A Alfred Nobel, 107 años enterrado, y a la Fundación que tan fielmente administra sus deseos y que ha producido esta magnífica noche para nosotros. A mis padres, cuánto siento que no puedan estar aquí”.
 
Discurso de aceptación: 
Él y su hombre.
 
 
Pero regresando a mi nuevo compañero. Estaba muy contento con él y me propuse enseñarle todo lo que fuera adecuado para convertirle en alguien útil, práctico y capaz de ayudar. Pero sobre todo para que pudiera hablar y entenderme cuando yo hablaba. Y nunca hubo estudiante más apto que él.
―Robinson Crusoe, Daniel Defoe
 
Boston, en la costa de Lincolnshire, es una hermosa población, escribe su hombre. En ella se encuentra el campanario de iglesia más alto de Inglaterra. Los timoneles de embarcación lo usan como punto de referencia. Boston está rodeado de terrenos pantanosos. Abundan los avetoros, unas aves ominosas que emiten una llamada grave y lastimera y tan fuerte que se oye a tres kilómetros de distancia, como la detonación de un arma de fuego.
Los pantanos también albergan otras muchas especies de aves, escribe su hombre: patos y patos reales, cercetas y patos silbones, y para capturarlos los hombres de los pantanos crían patos amaestrados, a los que llaman patos señuelo o duckoys.
La gente de la zona llama a esos pantanos fens. Hay pantanos por toda Europa y por todo el mundo, pero no se llaman fens. Fens es una palabra inglesa que se resiste a emigrar.
A esos patos señuelo de Lincolnshire, escribe su hombre, se los cría en estanques señuelo y se los amaestra dándoles de comer a mano. Luego, cuando llega la temporada, se los envía a Holanda y a Alemania. Allí conocen a otros de su especie y cuando ven las vidas tan tristes que tienen esos patos holandeses y alemanes, cómo en invierno se les congelan los ríos y se les cubre la tierra de nieve, no pueden evitar comunicarles, en una forma de lenguaje que les permite ser entendidos, que en su tierra natal de Inglaterra las cosas son distintas: que los patos ingleses tienen costas llenas de comida y mareas que invaden libremente los arroyos. Que tienen lagos, manantiales, estanques abiertos y estanques recogidos. También tierras llenas de maíz que dejan atrás los espigadores. Y ni escarcha ni nieve, o muy poco de ambas.
Mediante semejantes descripciones, escribe él, que se llevan a cabo en su totalidad en el lenguaje de los patos, ellos, los patos señuelos o duckoys, reúnen grandes cantidades de aves y, por decirlo de algún modo, las raptan. Las guían de vuelta a través del mar desde Holanda y Alemania y las instalan en sus estanques señuelo de los pantanos de Lincolnshire, graznándoles y parloteándoles todo el tiempo en su idioma, diciéndoles que esos son los estanques de los que les hablaban y que ahora vivirán a salvo en ellos.
Y mientras están así ocupados, los criadores de señuelos, los amos de los patos señuelo, se ponen a cubierto en refugios que han construido con cañas en los pantanos y sin ser vistos arrojan puñados de maíz al agua. Y los patos señuelo o duckoys los siguen y a su vez son seguidos por sus invitados extranjeros. Y así es como durante dos o tres días llevan a sus invitados por vías fluviales cada vez más estrechas y los van llamando todo el tiempo para enseñarles lo bien que se vive en Inglaterra, hasta el lugar donde se han extendido las redes.
Luego los criadores de señuelos envían a su perro señuelo, que ha sido perfectamente adiestrado para nadar detrás de las aves y ladrar mientras nada. Extremadamente alarmados por aquella criatura terrible, los patos echan a volar, pero los obliga a descender de nuevo la red arqueada que hay encima de ellos, de modo que es bajo la red que deben nadar o perecer. Pero la red se va estrechando más y más, como una bolsa, y al final de la misma están los criadores de señuelos, que van atrapando uno por uno a sus cautivos. A los patos señuelo los acarician y los tratan de maravilla, pero a sus invitados los matan a palos allí mismo, los despluman y los venden a centenares y a millares.
Todas estas historias de Lincolnshire las escribe su hombre en una caligrafía pulcra y rápida, con unas plumas que afila con su navaja todos los días antes de sentarse de nuevo ante la página.
 
 
En Halifax, escribe su hombre, había, hasta que fue retirada en el reinado del Rey Jaime I, una máquina de ejecuciones que funcionaba del modo siguiente. Al condenado lo ponían con la cabeza en la base o cuenco del cadalso. Luego el verdugo sacaba de un golpe un perno que sujetaba en alto una cuchilla enorme. La cuchilla bajaba por un marco tan grande como una puerta de iglesia y decapitaba al hombre tan limpiamente como un cuchillo de carnicero.
Era costumbre en Halifax, sin embargo, que si entre el momento de sacar el perno y el momento en que bajaba la cuchilla el condenado conseguía ponerse de pie de un salto, bajar corriendo la colina y cruzar el río a nado sin que lo volviera a coger el verdugo, se lo dejaba libre. Pero en todos los años que estuvo la máquina en Halifax esto nunca sucedió.
 
 
Él (no su hombre sino él) está sentado en su habitación junto a los muelles de Bristol, leyendo esto. Se está haciendo mayor. Ya casi se puede decir que es un anciano. La piel de su cara, que el sol del trópico casi había ennegrecido antes de que se fabricara una sombrilla de hojas de palmera o sabal para protegerse, se ha vuelto más pálida, aunque sigue siendo tan correosa como el pergamino. En la nariz tiene una llaga causada por el sol que no se le cura.
Todavía tiene la sombrilla en su habitación, de pie en una esquina, pero el loro que regresó con él ya falleció. “¡Pobre Robin!”, chillaba el loro posado en su hombro. “¡Pobre Robin Crusoe! ¿Quién salvará al pobre Robin?”. Su esposa no soportaba las lamentaciones del loro. “Pobre Robin” día sí y día también. “Le retorceré el cuello”, decía ella, pero no tenía valor para hacerlo.
Cuando regresó a Inglaterra de su isla con su loro, su sombrilla y el cofre lleno de tesoros, vivió una temporada tranquilo con su anciana esposa en la finca que había comprado en Huntingdon, ya que se había convertido en un hombre rico y se enriqueció todavía más cuando se imprimieron sus aventuras. Pero los años en la isla, y luego los años de viajes con su sirviente Viernes (pobre Viernes, se lamenta para sus adentros, graznido, graznido, porque el loro nunca pronunciaba el nombre de Viernes, solamente el de él), hicieron que la vida de terrateniente le resultara aburrida. Y si hay que ser francos, la vida de casado también lo decepcionó amargamente. Se descubrió a sí mismo retirándose cada vez más a menudo a sus establos con sus caballos, que por fortuna no hablaban por los codos, sino que relinchaban suavemente cuando llegaba para mostrar que lo reconocían y luego se quedaban callados.
Tras regresar de su isla, donde hasta la llegada de Viernes había vivido en silencio, le dio la impresión de que en el mundo se hablaba demasiado. Cuando estaba junto a su mujer en la cama le parecía que le estaban lloviendo guijarros sobre la cabeza, con un repiqueteo constante, cuando lo único que él deseaba era dormir.
Así que cuando su anciana mujer pasó a mejor vida se vistió de luto pero no se apenó. La enterró y transcurrido un lapso decente ocupó una habitación en la posada The Jolly Tar de los muelles de Bristol, dejando las propiedades de Huntingdon a cargo de su hijo. Únicamente se llevó consigo la sombrilla de la isla que lo había hecho famoso, el loro muerto y fijado a su percha y unos pocos artículos de primera necesidad, y allí es donde ha vivido desde entonces, paseando de día por los muelles, mirando al oeste por encima del mar, ya que todavía tiene buena vista, y fumando en pipa. En cuanto a las comidas, se las hace subir a la habitación. Porque después de haberse acostumbrado a la soledad en su isla ya no le agrada estar con otra gente.
No lee, pues ha dejado de gustarle, pero la escritura de sus aventuras le infundió la costumbre de escribir y eso le proporciona un recreo bastante agradable. Por las tardes, a la luz de las velas, saca sus papeles, afila sus plumas y escribe un par de páginas de su hombre, el hombre que envía informes sobre los patos señuelo de Lincolnshire, sobre la gran máquina letal de Halifax, la que permite huir si antes de que caiga la atroz cuchilla uno puede ponerse de pie de un salto y bajar corriendo la colina, y sobre otras muchas cosas. Desde todos los sitios que visita envía informes, ésa es la ocupación principal de ese atareado hombre suyo.
Paseando junto a los muros del puerto y reflexionando sobre la máquina de Halifax, él, Robin, a quien el loro llamaba el pobre Robin, deja caer un guijarro y escucha. Un segundo, menos de un segundo, tarda en llegar al agua. La gracia de Dios es rápida, ¿pero acaso no lo es más una cuchilla enorme de acero templado, más pesada que una roca y engrasada con sebo? ¿Cómo se puede escapar de ella? ¿Y qué clase de hombre puede dedicarse a ir de un lado para otro por todo el reino, de un espectáculo de muerte a otro (apaleamientos, decapitaciones), enviando informe tras informe?
Un hombre de negocios, se dice a sí mismo. Que sea un hombre de negocios, un mercader de granos o de pieles. O un fabricante y abastecedor de tejas de algún lugar donde abunde la arcilla, como por ejemplo Wapping, forzado a viajar mucho por razones de trabajo. Que sea próspero, que tenga una mujer que lo quiera y no hable mucho y le dé hijos, sobre todo hijas. Que goce de una felicidad razonable. Y que su felicidad se acabe de golpe. Un invierno crece el Támesis y se lleva por delante los hornos donde se cocían las tejas, o bien los graneros, o la curtiduría. Y su hombre se arruina. Los acreedores descienden sobre él como moscas o como cuervos. Se ve obligado a abandonar su casa, a su mujer y a sus hijas y buscar refugio en la zona más ruinosa de Beggars Lane bajo un nombre falso y disfrazado. Y que todo esto -la crecida del río, la ruina, la huida, la miseria, los harapos y la soledad-, que todo esto sea una representación del naufragio y de la isla donde él, el pobre Robin, pasó veintiséis años aislado del mundo y estuvo a punto de enloquecer (¿Y ciertamente quién puede decir que hasta cierto punto no enloqueció?).
O bien que el hombre sea un talabartero con una casa y un taller en Whitechapel y un lunar en la barbilla y una mujer que le quiera y no hable mucho y le dé hijos, sobre todo hijas, y le reporte una gran felicidad, hasta la llegada de la peste a la ciudad. Corre el año 1665 y todavía no ha tenido lugar el Gran Incendio de Londres. La peste desciende sobre Londres: día a día, parroquia a parroquia, el recuento de víctimas crece, entre los pobres y entre los ricos, porque la peste no distingue clases sociales, y toda la fortuna mundana del talabartero no lo va a salvar. Así que envía a su mujer y a sus hijas al campo y hace planes para escapar él también, pero al final no se marcha. “No temerás a los horrores de la noche”, lee cuando abre la Biblia por una página al azar, “ni a la flecha que vuela de día. Ni a la pestilencia que camina en la oscuridad, ni a la destrucción que arrasa a mediodía. Un millar caerán a tu lado, y diez mil a tu derecha, pero a ti no te tocará el mal”.
Alentado por esa señal, una señal que es como un salvoconducto, se queda en la ciudad aquejada de la enfermedad y empieza a escribir informes. Me encontré con una multitud en la calle, escribe, y en medio de la misma una mujer señalaba al cielo. “¡Mirad!”, gritó la mujer. “¡Un ángel vestido de blanco empuñando una espada de fuego!”. Y toda la multitud empezó a asentir. “Lo es, es cierto”, dijeron. “¡Un ángel con una espada!”. Pero él, el talabartero, no vio ningún ángel y tampoco ninguna espada. Lo único que vio fue una nube de forma extraña que brillaba más por un lado que por el otro, como resultado de la luz del sol.
“¡Es una alegoría!”, gritó la mujer de la calle, pero él no vio nada parecido a una alegoría. Eso dice en su informe.
Otro día, mientras camina junto al río en Wapping, su hombre, el que antes era talabartero pero ahora carece de ocupación, observa cómo una mujer llama desde el umbral de su casa a un hombre que rema a bordo de una barca a vela. “¡Robert, Robert!”, lo llama ella. Y entonces el hombre rema hasta la orilla, coge un saco de la barca, lo deja encima de una roca junto a la orilla del río y se aleja remando. Y la mujer va a la orilla y recoge el saco y se lo lleva a casa, con aspecto muy afligido.
Él se acerca al hombre llamado Robert y habla con él. Robert le informa de que la mujer es su esposa y de que en el saco hay provisiones para una semana para ella y para sus hijos, carne, harina y manteca, pero que no se atreve a acercarse más, ya que todos ellos, la esposa y sus hijos, tienen la peste. Y eso le rompe a él el corazón. Y todo esto -la historia de Robert y su mujer manteniéndose unidos mediante llamadas de un lado a otro del río y sacos dejados en la orilla- ciertamente posee un significado propio, pero también es una representación de la soledad de él, de Robinson, en la isla, donde en sus horas de desesperación más oscura iba hasta la orilla y llamaba a sus seres queridos de Inglaterra para que lo salvaran, y otras veces nadaba hasta el barco naufragado en busca de provisiones.
Más informes de aquella época de tristeza. Ya incapaz de soportar el dolor de las hinchazones en la entrepierna y en el sobaco que son las señales de la peste, un hombre sale corriendo y gritando, completamente desnudo, a la calle, a Harlow Alley, en Whitechapel, donde su hombre el talabartero se queda mirando cómo salta y hace cabriolas y toda clase de gestos extraños, y su mujer y sus hijos corren detrás de él gritando y diciéndole que vuelva a casa. Y esos saltos y esas cabriolas son una alegoría de sus propios saltos y cabriolas cuando tras la calamidad del naufragio, después de registrar la playa en busca de huellas de sus compañeros de a bordo y al no encontrar a ninguno, al no encontrar nada más que un par de zapatos desparejados, entendió que había naufragado completamente solo en una isla desierta y que ciertamente no tenía esperanzas de salvarse.
(¿Pero sobre qué otra cosa canta en secreto, se pregunta a sí mismo, ese pobre hombre afligido acerca del que está leyendo, además de su desolación? ¿Qué está invocando, a través de las aguas y a lo largo de los años? ¿Qué está tratando de extraer de su fuego interior?)
Hace un año, él, Robinson, le pagó dos guineas a un marinero por un loro que el marinero se había traído, según le dijo, de Brasil: un pájaro no tan magnífico como su amado animal pero por lo demás espléndido. Tenía plumas verdes, cresta escarlata y hablaba muy bien, si había que dar crédito al marinero. Y ciertamente el pájaro se le posaba en el hombro en su cuarto de la posada, con una cadenita en la pata en caso de que intentara irse volando, y decía las palabras “¡Pobre Poll! ¡Pobre Poll!” una y otra vez hasta que él se veía obligado a taparlo con una capucha. Pero no le pudo enseñar a decir ninguna otra cosa. “¡Pobre Robin!”, por ejemplo. Tal vez era demasiado viejo para aquello.
Pobre Poll, mirando por el ventanuco la enorme extensión gris del Atlántico que se ve más allá de los mástiles: “¿Qué isla es ésta?”, pregunta el pobre Poll, “a la que he sido arrojado, tan fría y lúgubre? ¿Dónde estás, mi Salvador, en esta hora en que tanto te necesito?”.
Un tipo, borracho y en plena madrugada (otro de los informes de su hombre), cae dormido en un umbral en Cripplegate. El carro que se lleva a los cadáveres viene en su dirección (seguimos en el año de la peste), y los vecinos, creyendo que el tipo está muerto, lo ponen en el carro entre los cadáveres. Al poco rato, el carro llega a la fosa de Mountmill y el carretero, con la cara tapada para protegerse de los efluvios, lo coge para echarlo dentro. Él se despierta y forcejea, confuso. “¿Dónde estoy?”, dice. “Estás a punto de ser enterrado con los muertos”, le dice el carretero. “¿Pero estoy muerto?”, dice el hombre. Y esto también es una representación de él en la isla.
Algunos londinenses continúan con sus asuntos, creyendo que están sanos y que saldrán vivos. Pero en secreto tienen la peste en la sangre: cuando la infección les llegue al corazón caerán fulminados, informa su hombre, como si les alcanzara un rayo. Y eso es una representación de la vida misma, de la vida en general. Preparativos adecuados. Tendríamos que hacer preparativos adecuados para la muerte o bien caer fulminados. Tal como él, Robinson, se vio forzado a ver cuando de repente, en su isla, se encontró un día con la huella de un hombre en la arena. Era una huella, y por tanto una señal: la señal de un pie, de un hombre. Pero también de otras muchas cosas. “No estás solo”, decía la señal. Y también: “No importa hasta dónde navegues, no importa dónde te escondas, serás encontrado”.
En el año de la peste, escribe su hombre, otros, presa del terror, lo abandonaron todo, sus casas, a sus mujeres e hijos, y huyeron lo más lejos que pudieron de Londres. Cuando la peste pasó, su huida fue condenada unánimemente como cobardía. Pero olvidamos, escribe su hombre, la clase de valentía que hace falta para afrontar la peste. No es el simple valor de un soldado cuando coge el arma y dispara contra el enemigo: es como disparar a la Muerte misma a lomos de su caballo blanco.
Ni siquiera en su mejor momento, su loro de la isla, su favorito de los dos, dijo ninguna palabra que no le hubiera enseñado su amo. ¿Cómo es posible que su hombre, que es una especie de loro y a quien no tiene en demasiada estima, escriba tan bien como su amo o mejor? Porque lo cierto es que su hombre es hábil con la pluma. “Como disparar a la Muerte misma a lomos de su caballo blanco”. El talento de él, adquirido en la contaduría, consiste en hacer cálculos y cuentas, no en elaborar frases. “La Muerte misma a lomos de su caballo blanco”: a él no se le habrían ocurrido esas palabras. Solamente cuando deja paso a su hombre aparecen esas palabras.
Y los patos señuelo o duckoys: ¿qué sabía él, Robinson, de los patos señuelo? Nada en absoluto hasta que su hombre empezó a enviarle informes.
Los patos señuelo de los pantanos de Lincolnshire, la gran máquina de ejecuciones de Halifax: informes de una gran gira que su hombre parece estar llevando por la isla de Gran Bretaña y que es la representación de una gira que él llevó a cabo por su isla en el esquife que se había construido, la gira que reveló que había una parte remota de la isla, escarpada, oscura e inhóspita, que después de aquello evitó siempre, aunque si en el futuro llegaban colonos a la isla tal vez la explorarían y se asentarían en ella. Aquello también era una representación, del lado oscuro del alma y del luminoso.
Cuando las primeras bandadas de plagiadores e imitadores se cernieron sobre su historia de la isla y le endilgaron al público sus propias historias falsas sobre la vida de un náufrago, a él no le parecieron distintos en absoluto a una horda de caníbales descendiendo sobre su carne, es decir, sobre su vida. Y no tuvo escrúpulos a la hora de decirlo. “Cuando me estaba defendiendo de los caníbales, que intentaban abatirme, asarme y devorarme”, escribió, “pensaba que me estaba defendiendo de la cosa en sí. Poco imaginaba”, escribió, “que aquellos caníbales no eran más que representaciones de una voracidad mucho más diabólica, que roería la sustancia misma de la verdad”.
Pero ahora, después reflexionar más sobre ello, parece que empieza a infiltrarse en su pecho un toque de complicidad con sus imitadores. Porque ahora le parece que en el mundo solamente hay un puñado de historias. Y si a los jóvenes se les prohíbe que se alimenten de sus mayores, se los está condenando a guardar silencio para siempre.
Así pues, en el relato de sus aventuras en la isla cuenta que una noche se despertó aterrado y convencido de que tenía encima de él en su cama al demonio bajo la forma de un perro enorme. Así que se puso de pie de un salto, cogió un alfanje y lo blandió a derecha e izquierda para defenderse, mientras el pobre loro que dormía junto a la cama chillaba alarmado. Tardó muchos días en comprender que no se le había subido encima ningún diablo y tampoco ningún perro, sino que había sufrido alguna clase de parálisis pasajera, y al no poder mover la pierna había llegado a la conclusión de que había alguna criatura acostada sobre la misma. Da la impresión de que la lección de aquella aventura es que todas las aflicciones, incluida la parálisis, proceden del diablo y son el mismo diablo. Que una visita de la enfermedad puede ser representada por una visita del diablo, o por un perro que represente al diablo, y que viceversa, la visitación puede representarse como una enfermedad, como en la historia del talabartero y la peste. Y por tanto que nadie que escriba historias sobre una cosa u otra, sobre el diablo o sobre la peste, debería por ello ser considerado un mero falsificador o un ladrón.
 
Cuando años después decidió poner en papel el relato de su isla, descubrió que no le salían las palabras, que la pluma no fluía, que sus dedos estaban rígidos y no le respondían. Pero día a día, paso a paso, acabó por dominar la técnica de la escritura, hasta que durante la época de sus aventuras con Viernes en el norte helado las páginas le salían con facilidad, casi sin pensarlo.
Pero aquella vieja facilidad de redacción, ay, lo había abandonado. Cuando ahora se sienta ante el pequeño escritorio frente a la ventana que domina los muelles de Bristol, siente la mano más torpe que nunca y la pluma un instrumento más ajeno que nunca.
¿Y acaso al otro, a su hombre, le resulta más fácil escribir? Los relatos que escribe acerca de patos, máquinas letales y Londres bajo la peste fluyen con bastante facilidad, pero antaño a él le pasaba lo mismo. Tal vez lo está juzgando mal, a ese hombrecillo atildado de paso rápido y con un lunar en la barbilla. Tal vez en este mismo momento esté sentado a solas en un cuarto de alquiler en alguna parte del ancho reino mojando la pluma en tinta y volviéndola a mojar, lleno de dudas, vacilaciones y reconsideraciones.
¿Cómo hay que entenderlos a su hombre y a él? ¿Como amo y esclavo? ¿Como hermanos, como gemelos? ¿O como rivales y enemigos? ¿Qué nombre le dará a ese compañero sin nombre con quien comparte las veladas y a veces también las noches, que solamente se ausenta de día, cuando él, Robin, está caminando por los muelles e inspeccionando las nuevas llegadas y su hombre galopa por el reino llevando a cabo sus inspecciones?
¿Acaso ese hombre vendrá alguna vez a Bristol en el curso de sus viajes? Él ansia conocer al hombre en carne y hueso, darle la mano, dar un paseo con él por los muelles y escuchar de su boca la historia de su visita a la parte norte de la isla o de sus aventuras como escritor. Pero se teme que no habrá ninguna reunión, no en este mundo. Si tuviera que hacer una comparación entre ellos dos, su hombre y él, escribiría que son como dos barcos que navegan en direcciones contrarias, uno hacia el oeste y el otro hacia el este. O mejor dicho, que son marineros ocupados en las jarcias, el uno a bordo de un barco rumbo al oeste y el otro en un barco que va al este. Sus naves pasan cerca la una de la otra, lo bastante cerca como para que se saluden. Pero el mar está encrespado, hay tormenta: con los ojos salpicados por la espuma y con las manos descarnadas por las sogas, pasan el uno junto al otro, demasiado ocupados para saludarse.
Publicat dins de Uncategorized | Deixa un comentari

Per a Murakami, “Tòquio Blues” és una novel·la experimental

Recupero una entrevista a Haruki Murakami apareguda al diari El País el 26 de febrer de 2007 perquè ajudi a llegir millor el llibre:

“Haruki Murakami (Kioto, 1949) ha vendido cerca de cuatro millones de ejemplares de ‘Tokio blues’, novela convertida en ‘best seller’ y que difiere bastante del resto de sus obras. El escritor confiesa que le gusta crear historias que causen desconcierto en sus lectores y que se deja la piel cada vez que publica una de ellas. En ‘Kafka en la orilla’, la última novela publicada en España, rinde homenaje a Franz Kafka.

 ”Yo lo único que hago es perseguir las imágenes que acuden a mi mente y, siguiendo ese flujo, voy escribiendo”

“Soy incapaz de sentir interés en novelas que no causen desconcierto a los lectores”

“En principio me interesaba más hacer cine y teatro, pero no estoy hecho para el trabajo en equipo” “

Tardo varios años en escribir una novela larga dejándome, literalmente, la piel en ello”

 

“El novelista Haruki Murakami celebra hoy su cumpleaños”, escuchó decir a la voz que salía de la radio. Casi derrama el agua que estaba hirviendo para prepararse el primer café del día, el que se toma al alba, a eso de las cuatro de la madrugada, cuando se sienta a escribir frente a Ryoto, su Mac. Sintió una punzada: su cumpleaños ya no le pertenecía sólo a él, era de dominio público. Y es que se dio cuenta de que se acababa de convertir en un escritor reconocido, él que alguna vez ha dicho que cuando no escribe le gustaría, simplemente, dejar de existir.

En 1978, en el estadio japonés de Jingu, Haruki Murakami (Kioto, 1949) asistía a un partido de béisbol entre los Yakult Swallows y los Hiroshima Carp. David Hilton salió a batear y, en el instante en que golpeó la bola, se dio cuenta de que quizás él también podía escribir una novela. “En principio, me interesaba más hacer cine y teatro, pero ya en la universidad me di cuenta de que son tareas de creación en grupo, y yo, dado mi carácter, no puedo estar tranquilo si no puedo asumir la responsabilidad plena y controlar hasta el mínimo detalle. Tal vez se deba a que soy hijo único, pero no estoy hecho para el trabajo en equipo”, explica. Quizás esta condición de hijo único también le haya legado un carácter un tanto huraño.

A Murakami no le gustan las entrevistas, ésta se realizó vía correo electrónico y hubo de traducirse al japonés -a pesar de que su manejo del inglés es excelente-, se niega a ir de promoción y, cuando lo hace, protagoniza situaciones como la siguiente: en una firma de libros en Londres, Murakami sólo accedió a firmar un libro por persona y advirtió que nada de dedicatorias, sólo autógrafos.

Un pequeño baile de números nos transporta hasta 1987, fecha de publicación de Tokio blues (Norwegian Wood) en Japón. Hasta entonces, Murakami no había rebasado el umbral de los 100.000 libros, pero con Tokio blues llegó a los cuatro millones. Entonces huyó. Dejó Japón y se instaló primero en Europa y luego en Estados Unidos.

En 2005, la editorial Tusquets publicó el best seller murakamiano, que repitió éxito en España: ya va por la undécima edición y sigue acaparando los mejores lugares en las librerías y logrando efectos como el siguiente: “Tokio blues

dejó una huella imborrable en mi memoria y en mis sentidos… Estoy a punto de salir a comprar Kafka en la orilla”, escribe un entusiasmado internauta en la web (www.tusquets-editores.es/murakami/) que la editorial Tusquets ha habilitado precisamente para ese libro, Kafka en la orilla, el último de Murakami en España, que ya va por las cuatro ediciones desde su publicación en noviembre de 2006.

La cronología de las obras de Haruki Murakami en España es la siguiente: Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (2001), Sputnik, mi amor (2002), Al sur de la frontera, al oeste del sol (2003), Tokio blues (Norwegian Wood) (2005) y, finalmente, Kafka en la orilla, en 2006. La cronología de creación es bien distinta: escribió primero Tokio blues y luego todas las demás novelas, a las que gradualmente fue restando realismo y agregando las suficientes dosis de fantasía.

“No tengo interés en escribir novelas largas con estilo realista, pero decidí que, aunque sólo fuera una vez, iba a escribir una novela realista. Tokio blues fue un simple experimento. Personalmente, a mí me gusta esa novela, pero no he vuelto a leerla desde hace casi 20 años. De momento, no tengo ninguna intención de volver a escribir algo parecido. No tengo interés en el pasado. Ya no puedo sentir interés en el llamado estilo realista porque, si escribo una novela así, acabo aburriéndome”, aclara.

El trabajo creativo de este peculiar escritor es cuando menos curioso. Trabajó sin pausa durante seis meses para escribir el primer borrador de Kafka en la orilla. Luego descansó durante un mes, reescribió durante otros dos, volvió a descansar y, por último, tomó impulso para emprender la reescritura durante otro mes más. En total, 11 meses hasta finalizar las 584 páginas de Kafka en la orilla. Aunque del cómputo final habría que descontar las horas que dedicó a la traducción del clásico El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger. También ha realizado traducciones de obras de Scott Fitzgerald, Truman Capote, John Irving o Raymond Carver.

-¿Está en deuda Kafka Tamura, protagonista de Kafka en la orilla, con Holden Caulfield?

-No -tajante.

-¿Y con Franz Kafka [que es uno de sus autores favoritos]?

-Claro, toda la novela es un homenaje a Franz Kafka.

-Dicen que le gusta abrir el apetito de sus lectores.

-Me gusta escribir sobre comida. Quiero provocar una reacción física de los lectores al escribir sobre la comida o la bebida. Poder hacerlo con frases es uno de mis placeres como escritor. Tengo la convicción de que si puedo conseguir hacerlo bien, seré capaz de hablar con más claridad, con más fuerza, sobre el amor o la tristeza, o el sentido de vivir.

“Yo lo único que hago es perseguir las imágenes que acuden a mi mente y, siguiendo ese flujo, voy escribiendo la historia. No sabría explicar la trama, todo viene en un paquete llamado historia, que yo presento envuelto en un texto”. Sin embargo, no le parecen mal los términos huida y búsqueda para esbozar esa trama en la que ni puede ni quiere profundizar: Kafka Tamura se va de casa el día de su decimoquinto cumpleaños; es una fuga meditada, ya no soporta más que su destino esté unido al de su siniestro padre. Y emprende un viaje que, espera, termine en su madre, que desapareció cuando él tenía cuatro años.

Aunque, en general, se resista a diseccionar las historias de sus novelas, Murakami ha tenido que claudicar y hacer una excepción con Kafka en la orilla: el libro ha causado tal desconcierto entre sus lectores que su editor japonés tuvo que crear una web para dar respuesta a los miles de preguntas que le enviaron. En sólo tres meses, Haruki Murakami ha dado respuesta a más de 1.200 cuestiones.

-¿Era su intención provocar un desconcierto tan general?

-Soy incapaz de sentir interés en novelas que no causen desconcierto a los lectores. Esto no quiere decir que intente desconcertarles o escribir algo difícil. Lo que quiero decir es que las novelas largas que no hagan cuestionarse a los lectores el sentido de la historia, el flujo de su conciencia o la firmeza de la base de su existencia, no deben escribirse ni leerse. Yo tardo varios años en escribir una novela larga dejándome, literalmente, la piel en ello. Si no fuera capaz de escribir una novela con una fuerza como esa, la escritura no sería más que una pérdida de tiempo.

Publicat dins de Uncategorized | Deixa un comentari

El nostre club agrada a Ático de los Libros

¿Com va la lectura del primer llibre? Els comentaris a Tòquio Blues ja han començat a la secció “Ara estem llegint…”

Us informo que la llista d’obres que us proposem ha estat aplaudit espontàniament per Ático de los Libros, en especial el llibre Leviatán o la ballena de Philip Hoare. No el comentarem fins al final d’aquest curs. En tot cas, moltes gràcies al amics d’Ático de los Libros per fer-nos costat.

(http://m.facebook.com/story.php?story_fbid=232659243462030&id=105686982815226&_ft_a=105686982815226&_ft_tf=232659243462030&_ft_tpi=105686982815226&_ft_ti=17&_ft_fth=6c93e7ad8ffa58d5&_ft_time_ft=1320429573&_ft_mf_objid=232659243462030)

Facebook
 
 
Ático de los Libros
Nos alegra que entre las seis obras que el Club de Ciberlectura de Olot seleccione, esté LEVIATÁN O LA BALLENA, de Philip Hoare. Hace más de un año desde su publicación y nos complace encontrarlo en compañía de autores como Murakami o Coetzee en esta selección.
 
 
Publicat dins de Uncategorized | Deixa un comentari

Us proposem sis dels millors llibres d’ara

El Club de Ciberlectura d’Olot us proposa conèixer i comentar sis dels millors llibres que es poden llegir avui. Són de diversos països i continents, escrits per homes i per dones i que han tingut un enorme èxit internacional gràcies a la seva gran qualitat literària i, alhora, per l’entreteniment i diversió amb què han fet contents a moltíssims lectors. Per descomptat, us oferim el millor del millor d’entre els gèneres més enrollats i més seguits arreu. Us els presentem:

1. Haruki Murakami. Tòquio blues (1987). Traducció d’Albert Nolla. Empúries, Barcelona, 2005.

“Una de les novel·les més significatives d’avui. Amb un to melancòlic, sensual i amb un estil sempre àgil i ple d’humor, narra l’educació sentimental d’un jove estudiant de Tòquio dels anys seixanta. És una història centrada en les angoixes adolescents, el desengany del primer amor, la reclusió en un mateix i l’accés a la vida adulta.”

2. J. M. Coetzee. Desgràcia (1999). Traducció de Dolors Udina. Columna, Barcelona, 2000.

  “Una obra mestra contemporània escrita per un premi Nobel. Un professor universitari, expulsat del seu treball per una relació inadequada amb una alumna, decideix anar a viure al camp amb la seva filla. Tots dos seran víctimes d’una terrible agressió que qüestionarà el sentit de la justícia, de les relacions entre pares i fills i, en definitiva, el significat de la dignitat humana quan es confronta al desig desordenat, al racisme, al masclisme i a la por de viure.”

3. Fred Vargas. Huye rápido, vete lejos (2001). Traducción de Blanca Riestra. Santillana, Madrid, 2008.

“Una de les millors novel·les negres d’avui. L’aparició d’uns enigmàtics signes a les portes d’alguns edificis de París coincideix amb un brot de pànic col·lectiu davant l’anunci de l’imminent retorn del flagell de Déu: la pesta. Una història plena d’enginy, d’humor i d’intel·ligència.”

4. Albert Sánchez Piñol. La pell freda (2002). La Campana, Barcelona, 2007.

  “Un clàssic contemporani de la literatura en català. Un independentista irlandès decideix fugir de la societat on viu. Per fer això, accepta un treball d’un any com a oficial atmosfèric en una illa perduda enmig de l’oceà Atlàntic. Aviat descobrirà que a l’illa hi viuen uns misteriosos monstres que, a la nit, atacaran la seva indefensa cabana de fusta. Mai el terror i la poesia havien estat tan a prop.”

5. Empar Moliner. T’estimo si he begut (2004). Quaderns Crema.

  “Una divertida i corrosiva aproximació a l’angoixada societat d’avui. A través de tretze contes se satiritzen alguns dels principals tòpics que dibuixen la banalitat i la insatisfacció contemporànies. El fracàs matrimonial, la incomunicació, el turisme, la militància feminista, l’adopció de fills, el llenguatge de l’amor i la desmesura sentimental són severament qüestionats a través d’un hilarant exercici de discrepància.”

6. Philip Hoare. Leviatán o la ballena (2009). Traducción de Joan Eloi Roca. Ático de los Libros, Barcelona, 2010.

  “Una fascinant novetat que combina la història, la biologia i la literatura. A través de la controvertida relació dels éssers humans amb les balenes s’explora l’admiració que ens provoquen com a emblema de la llibertat i de la bellesa. I també la vergonyosa actitud de l’home que ha intentat destruir-les.” 


Publicat dins de Uncategorized | Deixa un comentari

Benvinguts al Club de Ciberlectura

Publicat dins de Uncategorized | Deixa un comentari